miércoles, 14 de mayo de 2025

“La Isla que Arde” Este cuento no es profecía ni panfleto. Es una alerta.

“La Isla que Arde”



1. El aviso

Primero fue el viento.

No el del norte, ni el que baja del Yaque. Era otro. Un viento caliente, espeso, que traía en su vientre el olor de la muerte y las palabras de un hombre que hablaba como un profeta y mataba como un verdugo.

—“La tierra será nuestra. La isla será una sola. El juicio viene…”

El mensaje no llegó en cadena nacional. Llegó en voz baja, en celulares viejos, en audios por WhatsApp, en videos pixelados donde un hombre con fusil en pecho y la mirada perdida juraba incendiar la isla entera.

Barbecue.

Ese era su nombre. Como si el infierno tuviera sentido del humor.

2. Las primeras hogueras

En Elías Piña, una familia fue degollada en su finca.
En Dajabón, una patrulla encontró un árbol con tres cabezas colgando como fruta podrida.
En Montecristi, quemaron una escuela rural con niños adentro. Dijeron que fue un accidente. Pero nadie investigó.

El país seguía en campaña electoral, hablando de bonos, encuestas y turismo, como si los colmados no estuvieran vacíos de arroz y llenos de miedo.

Mientras tanto, en los campos, las sombras crecían.

Cientos, miles de asentamientos irregulares, invisibles durante años, cobraban vida. Se multiplicaban como hongos tras la lluvia. Pero ya no se trataba de hombres buscando trabajo, sino de silencio armado, de mujeres que miraban sin hablar, de niños que sabían correr antes que hablar.

3. El día de la señal

El 16 de agosto —el mismo día que en la historia dominicana representa la Restauración— Barbecue dio la orden.

A las 4:00 a. m., los fuegos comenzaron a encenderse en un patrón que solo los satélites pudieron ver: una cruz invertida sobre la isla. Era su firma.

En los pueblos, los dominicanos despertaron con los techos ardiendo.
Los gritos rompían la noche como campanas negras.

Las carreteras se llenaron de columnas humanas: familias huyendo, mujeres con niños envueltos en sábanas, hombres con machetes sin esperanza.

El ejército respondió tarde y mal. No sabían a quién disparar.
La confusión era total: muchos enemigos hablaban español perfecto. Algunos eran nacidos en el país. Otros eran campesinos que se habían integrado a las comunidades, esperando el llamado.

El colapso fue interno.

4. Mateo y la sangre

Mateo, un agricultor de La Vega, sobrevivió al primer ataque escondido debajo del cadáver de su esposa. Escapó entre las montañas, descalzo, con una sola palabra en la cabeza: venganza.

Pero cuando llegó a un pueblo y encontró a Roselène, una haitiana que había salvado a seis niños dominicanos de una casa en llamas, su odio se quebró.

Roselène le dijo algo que le dolió más que cualquier herida:

—“Barbecue no nos representa a todos. Pero ustedes nunca quisieron vernos como humanos.”

Mateo calló. No por culpa, sino por miedo. Porque en el fondo sabía que era cierto. Habían dejado crecer el tumor porque creían que nunca los alcanzaría.

5. El final que no termina

La isla ardía.
No como en los tiempos de Trujillo. No como en 1844.
Ahora era diferente. El enemigo no venía en barcos, ni vestía uniforme.

Venía desde adentro, desde la indiferencia, desde la frontera porosa, desde la política del silencio, desde el racismo disfrazado de progreso.

La historia no tiene final aún. Mateo y Roselène caminan hacia el sur, buscando a quien escuche.

Dicen que hay pueblos organizándose, levantando defensas, formando cadenas de radio clandestina. Pero también dicen que Barbecue ya tiene espías en Santo Domingo, y que su plan no era solo matar… sino borrar.


Epílogo: Voz de advertencia

Este cuento no es profecía ni panfleto.
Es una alerta.
Una advertencia disfrazada de ficción.

Porque a veces, solo el arte puede decir lo que la política calla.
Y a veces, los cuentos son lo único que queda cuando ya nadie quiere escuchar la verdad.